Coronavirus. El relato de un odontólogo recuperado: «Pensaba que me iba a morir, solo quería abrazar a mis hijos»


El momento más emotivo de la vida de Matías Anghileri: el día que, luego de recuperarse, volvió a su casa y se abrazó con sus hijos.


Unos 15 días antes estaba en Moscú, en un hotel de lujo. Me trataban de maravillas , comiendo las mejores comidas, con 300 personas escuchando mi conferencia y de repente, estaba solo, aislado, con 39 grados de fiebre . Ahí te das cuenta lo que verdaderamente importa en la vida. Y en ese momento de temor, de tanta angustia, cuando pensás que esa batalla la podés perder, todo lo que te rodea en la vida pasa a segundo plano. Ahí no te importan las deudas, el dinero, la casa, el auto, el consultorio., no existe eso. Pensás en tu familia. Cuando cerraba los ojos y pensaba que me iba a morir, solo quería abrazar a mis hijos».

Matías Anghileri tiene 41 años, es odontólogo , especialista en ortodoncia, docente, vive en Bahía Blanca y brinda conferencias por el mundo. Y algo más: le ganó al nuevo coronavirus con la fuerza del corazón. Así, sin vueltas.

Está casado con Analía y tienen dos hijos, Valentino (10 años) y Ema (7). Dice que desde que pasó lo que le pasó, es otro. Un hombre mejor. «Esa situación extrema ya la viví en otro momento. Hace cinco años volvía de un vuelo de Estados Unidos y el avión casi se estrella por una tormenta llegando a Ezeiza. y esto exactamente fue lo mismo, con la diferencia de que en el avión fueron unos minutos y acá duró varios días el pensamiento negativo. Cerrás los ojos y, en ese momento, se aparece la imagen de tus hijos o la persona que más ames en el mundo. Y desde ahí saqué fuerzas. Yo quería volver a abrazar a mis hijos», apunta, más allá de su pasión, del perno y la corona. La vida, ahora lo tiene más claro: está del otro lado del consultorio.

Matías viajó con su hermano Leandro el 2 de marzo a Rusia para dar una conferencia y desde allí fue a Madrid, por otro curso. Entre el 8 y el 13 de marzo, en algún momento, cree que se contagió, seguramente en España. Volvió a la Argentina el 15 del mismo mes; cuando llegó al Aeroparque Jorge Newbery de CABA, los síntomas se acrecentaron: desde el aeropuerto, se dirigieron al Hospital Muñiz, donde fueron internados.

En el Muñiz empezó una travesía muy difícil, algo que a nadie le gustaría atravesar. Tiene asma y durante la primera semana de internación en terapia intensiva, aislado de todo, con máquinas conectadas a su cuerpo y con la fiebre que volaba sobre los 39 grados -y no bajaba-, con médicos y enfermeros que entraban a su sala lo menos posible, sintió que el virus le iba a ganar la batalla. Era una lucha desigual. «Cuando ves que te sentís mal, en las radiografías aparecen manchas en los pulmones y al no haber una droga, una vacuna. todo depende de tu sistema inmune. Tu cuerpo termina decidiendo si esta batalla la ganás o la perdés. En esos primeros días, completamente solo, desnudo y tapado con una sábana, en un momento -y es casi inevitable, más allá de que soy un optimista por naturaleza- tenés miedo. Y decís: ‘Ya está, hasta acá llegué’. Esto se terminó, es el último capítulo», describe, conmovido.

Anghileri cree que hay que mirar a las estrellas. Más allá de la ciencia, hay otros factores que influyen para que una persona se cure de una enfermedad. «Soy creyente, uno tiene que aferrarse a algo. Y si no es religioso, que se aferre a la meditación, a la respiración o a las buenas energías. El virus no tiene vacuna por ahora. Entonces, la ciencia te dice: ‘Mi límite es este’. No digo que te vas a curar creyendo, pero todo lo que pueda ayudarte y te mantenga optimista, colabora», sostiene.

Cuando lo peor quedó atrás

Muy de a poco, fue mejorando. Los test dieron negativo y pudo volver a casa después de 45 días, exactamente el domingo de Pascuas. «Fue uno de los días más felices de mi vida. Lo primero que hicieron mis hijos fue abrazarme. Y se largaron a llorar, de alivio, de emoción, de tristeza. Me quebré, no podía más. Yo sentí que me dijeron: ‘Nos hacés falta’. No me interesa nada más. Es lo que planeé desde el primer día que estuve internado: poder abrazarlos», cuenta el odontólogo, que sabe que esa sensación no la va a sentir nunca más.

Vive a unos 15 minutos en automóvil del centro de Bahía Blanca, el consultorio está mezclado en el bullicio principal, en Alsina y San Martín, frente a la plaza central. La atención odontológica -estima- va a transformarse: no se puede hacer lo que se hacía antes. La sala de espera, los cuidados médicos. «El Covid-19 nos cambió tanto que yo imagino que en adelante atenderé dos pacientes por hora, como mucho. Voy a esperar hasta mayo, junio, el tiempo que sea necesario. Ahora no se puede», explica. Sin embargo, Anghileri cree que lo importante es otro asunto. Que ya nada será igual.

Al experimentar el límite entre la vida y la muerte, es imposible ser el que fuiste

Matías Anghileri

«Es imposible volver a lo que fuimos. Sobre todo, al experimentar el límite entre la vida y la muerte, es imposible ser el que fuiste. Como sociedad, tenemos que cambiar. En un país con tanta necesidad económica, no se puede obligar a todos a quedarse en sus casas, porque muchos no pueden, tienen que buscar el pan para su familia. Pero tenemos que ser mejores y replantearnos cuáles son las prioridades de la vida. ¿Cuánto vale tu familia? ¿Cómo hacés para entender que todo lo demás está en un segundo plano? Entonces, yo les digo a todos: ‘Quedate en tu casa’. Te protegés a vos y estás protegiendo a todos», pide.

El paso del nuevo coronavirus por su cuerpo no fue en vano. El odontólogo tiene un ambicioso plan solidario: una «webinar» (una conferencia que se transmite por Internet) llamada ‘1001 Tips Solidarios del Autoligado’, que empezó como una idea para especialistas y traspasó las barreras de la dentadura. La inversión por participar es de 1001 pesos o de 11 dólares -si no reside en la Argentina-, que serán donados a los hospitales Muñiz, de Buenos Aires, y al Penna, de Bahía Blanca. En www.matiasanghileri.com están todos los detalles. La primera charla fue este viernes 24: hubo más de 600 participantes. Habrá nuevas.

«Hay que ayudar a los que nos cuidan, a los que nos curan. Con falta de materiales, con sueldos bajos, precarizados, trabajan solo por vocación. La grandeza del Hospital Muñiz es de su gente, porque se nota que la estructura edilicia está venida a menos. Imagino que, de pronto, juntemos plata para un respirador. Uno solo, eh.», hace cuentas, calcula lo recaudado y su cabeza vuela. «.Y que ese respirador salve la vida de una persona. De una sola. No hay objetivo más grande que ese».

 

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